
Sí, amigos, por extraño y fantástico que parezca, la estirpe española, sus raíces y su cultura se desvanecen: el famoso «typical Spanish» agoniza. Parece mentira que estemos llegando a este hecho, que nos obligará al mestizaje forzoso para conservar la población. La explicación es sencilla; la solución, endiabladamente difícil…
Desde hace unas décadas, nuestra sociedad ha ido cambiando (a peor, a mi parecer). El alto coste de la vida obliga a trabajar tanto al hombre como a la mujer; por no hablar de la edad a la que se emancipan los jóvenes —por encima de los 30 años—. Esto complica tener descendencia: cada vez se tienen los hijos a mayor edad y, de media, solo uno.

Datos aplastantes… En España tenemos ahora mismo una media de 1,2 hijos por pareja (tasa de natalidad). No hace falta ser un lince para darse cuenta de que, si de cada pareja nace un solo hijo de media, con cada generación nuestros españoles y españolas se reducen a la mitad. Son los datos más bajos de nuestra historia: una pendiente que nos empuja a desaparecer.
Para agravar aún más esta situación, hay que tener en cuenta que muchas parejas deciden no tener descendencia; además, muchas parejas homosexuales —sobre todo las formadas por hombres y, con lo difícil que es adoptar— optan por no tener hijos. También ha crecido en las últimas décadas el movimiento de los singles. Sumando todos estos escenarios, el hecho de que la estirpe española desaparezca parece inevitable.
Ninguna civilización que esté por debajo de los 2,1 nacimientos por pareja ha logrado sobrevivir en el tiempo por sí sola; el motivo es evidente. En 1950 se tenía una media de 4,7 hijos por matrimonio: la cosa ha cambiado bastante. No es solo España la que se ve afectada por este problema.
Índice de fecundidad en España por regiones
En no muchos años tendremos que ir a los museos para ver al «typical Spanish». Acabaremos llevando a nuestros hijos (quien pueda permitirse tenerlos) a un museo para ver a Alfredo Landa dentro de una urna y contarles que esa estirpe ya desapareció, como los mamuts o los dinosaurios.
Hace cuatro o cinco décadas cualquier familia tenía un mínimo de dos hijos de media; un padre de familia, trabajando él solo, podía mantener a la familia, comprarse una vivienda, un coche y todavía quedaba para las vacaciones. Hoy, con la evolución social de este país en estas últimas décadas, los jóvenes tienen que enfrentarse a una situación complicada no ya para tener hijos, sino simplemente para emanciparse. El prohibitivo precio de la vivienda, los alquileres intratables, la falta de vivienda social, las malas e inestables condiciones laborales y el elevadísimo coste de la vida, entre otras cosas, empujan a que simplemente desaparezcamos.
¿Qué nos trae esta situación? Pues la necesidad imperiosa de la inmigración. Esto conlleva la aceptación y la tolerancia, por nuestra parte, de estos inmigrantes: aceptar y tolerar sus culturas y sus costumbres. El mestizaje enriquece a la sociedad en la que se integra, pero también nos traerá problemas hasta ahora inexistentes si se gestiona mal, como bandas o guetos.

Esta inmigración no solo es imprescindible para mantener la tasa poblacional, sino también para sostener el país en pie. Necesitamos cotizantes: personas, españolas o no, que aporten a la Seguridad Social, paguen sus impuestos y, en definitiva, hagan posible que nuestro sistema siga funcionando.
El tiempo, al final, borrará el recuerdo de lo que siempre ha sido un pueblo único e irrepetible.
